El tema de este mes es el infierno. Hemos pasado
de la visión que nos da Marissa del infierno de Signorelli en la catedral de
Orvieto en el siglo XV al infierno en la tierra del que nos habla Cristi y el
hecho que haya podido existir, no deja de suscitar horror. Y ese no
es uno más de todos esos infiernos que existen en la vida.
Es interesante recordar que en el mundo
greco-latino también haya habido una suerte de infierno. La diferencia, es que
en el inframundo griego no se sufre. Las almas que han sido cremadas
con dos monedas sobre los ojos para pagarle al barquero Caronte, han cruzado la
laguna de la Estigia y han llegado ante la presencia de Hades y Perséfone,
alcanzan una suerte de paz.
Aquellos mortales que han cometido crímenes
horribles contra los Dioses, que han desafiado su destino irreversible sufren
castigos horribles en otro lugar llamado el Tártaro, que está a la
misma distancia de la tierra que la que hay entre la tierra y el Olimpo.
Tántalo está condenado a la sed eterna por haber descuartizado a su hijo para
probar la omnipotencia de los Dioses, Sísifo por retar a la muerte y evitar ser
llevado al inframundo, a cargar con
mucho esfuerzo un peñasco hasta arriba de una montaña para que éste se caiga y el
tenga que seguir intentando hacer algo así
de mecánico toda una eternidad.
Según un filósofo amigo mío, Sergio Dextre, el
infierno cristiano es una mezcla del Hades y del Tártaro porque las almas
siguen sufriendo incluso después de la muerte.
Durante la Edad Media, una era fundamentalmente
teocéntrica, que termina recién en 1453, con la toma de Constantinopla por los
turcos Otomanos, la visión del infierno es
cruda y aterradora y he elegido tres cuadros para ver cómo, este
concepto va evolucionando a lo largo del tiempo.
La primera imagen es para mí una de las más
poderosas del Trecento. La historia de la Capilla degli Scrovegni en Padua es
tan interesante como los frescos que la decoran. Si hemos de creer todo lo que nuestro amigo
Giorgio Vasari (1511-1574 ) pintor, escultor, arquitecto y posteriormente
biógrafo, dice sobre el pintor y
arquitecto Giotto di Bondone (c.1266/7-1337)
la historia que relata no deja de ser conmovedora. Cimabue, (1240-1302) su
maestro está considerado como uno de los inciadores de la escuela bizantina que se desarrola en Florencia y es con él con quien Vasari empieza sus Vite. Según relata, en un viaje suyo a
Boloña, se rompe la rueda de su carruaje y al bajarse a tratar de arreglarla, se
encuentra con un pastorcito de once años pintando una oveja sobre una piedra
con otra piedra filuda. Vasari afirma que en
aquel momento el arte empezó a renacer.
Giotto será el discípulo que supera al maestro y
se convierte en el pintor que deja atrás
el estilo griego por el latino, es decir abandona el bizantinismo para adoptar
el naturalismo que caracterizaría a todas sus obras. Y como tal lo reconocen
sus propios contemporáneos. Vuelve a utilizar la perspectiva, si bien no
científica, intuitiva, y es consciente del entorno, por lo que representa
paisajes, personajes, animales, arquitectura, actitudes, olvidándose del fondo dorado y el
celeste que significaban celestialidad y usando modelos de la vida real y no
tomados de íconos que imitaban al arte desarrollado en Bizancio y en la propia
Florencia a imitación del mismo
La obra maestra de Giotto es la Capilla Scrovegni
(1302-1306) ubicada en Padua. La historia es particularmente interesante y
conmovedora.
Enrico degli Scrovegni, temiendo que el alma de su
padre y la suya propia, por ejercer el oficio de prestamistas, fueran a
terminar en el infierno, encarga al artista más conocido de la época el diseño
de la capilla cuyo relato dirigiría un teólogo augustiniano . La vida de Santa
Ana y San Joaquín, de la Virgen María y de Cristo terminan en un Juicio Final
que cubre toda la pared de ingreso. GIotto es, además, uno de los primeros
artistas florentinos en hacer uso del pigmento más caro, llamado azul ultramarino, porque venía de
Afganistán y tenía como componente principal el lapis lázuli.
El Juicio Final de Giotto, si bien ha roto con el
hieratismo del Románico y está anunciando la perspectiva que obsesionaría a
todos los artistas florentinos y de otras repúblicas de la península italiana
en el Quattrocento, todavía tiene un tratamiento del concepto del infierno
visto a la manera medieval. Aparecen claramente la iglesia triunfante, aquellos
que han logrado llegar al cielo y están al lado de Dios, la iglesia Militante,
al lado izquierdo que representa a los que en el Juicio Final son los elegidos
y encaminan su vida hacia el cielo y la iglesia purgante. Estos son los
que purgan sus penas en un infierno
cuyas llamas los consumen. El infierno de Giotto es uno en el que la gente arde
en el fuego color bermellón mientras un
diablo aterrador devora a los pecadores. Para el hombre del siglo XIV queda
claro que es mejor vivir una vida que los conduzca al cielo que una que los
lleve al infierno. El Cristo de Giotto al centro de todo el fresco l no es un Dios castigador pero el infierno al
que las trompetas de los ángeles envían a los condenados desde luego aparece
como un lugar de castigo.

La siguiente imagen es una de un artista que
combina su vida religiosa con la artística. Se trata de Giovanni da Fiesole,
(1395-1455) conocido como Fra Angelico
en su tiempo y poco después como Beato Angelico. Se trata de un fraile dominico
que vive una buena parte de su vida artística en el convento dominico de San
Marco que el entonces patriarca de la familia Medici, Cosimo de Medici (1389-1464)
encarga renovar en 1437 bajo los cánones renacentistas a su arquitecto
favorito, Michelozzo (1396-1472), discípulo de Filippo Brunelleschi. Michelozzo
sería el encargado de proyectar hacia 1444 en Palazzo Medici por encargo del
mismo mecenas.
Fra Angelico es uno de los pioneros de las
tendencias que caracterizaron a los primeros artistas del Quattrocento, como el
uso racional de la perspectiva y el espacio, el manejo de luces y sombras, la
técnica del modelado. Se había iniciado bajo la tutela de Lorenzo Monaco,
(c.1370-1425), un monje iluminador de manuscritos cuyo estilo se inscribe
dentro de los parámetros del Gótico Internacional.
El Juicio Final de Fra Angelico está pintado en
temple sobre madera y se encuentra todavía en el convento de San Marco, cuyas
celdas decoró el fraile al fresco, haciendo uso de toda su creatividad. Lo que
prevalece en el Juicio Final es la concepción de la Iglesia Triunfante,
Militante y Purgante. En la purgante, se repite la imagen de un diablo
devorándose a los castigados que van al infierno.


Sin embargo, para mí el infierno más impactante es
de El Juicio Final más impactante, sigue siendo el de Miguel Angel en la
Capilla Sixtina. Después de haber pintado
contra su voluntad la bóveda de la misma capilla, obligado por el Papa Terribile Julio II, que compartía con
Miguel Angel la misma terribilità
entre 1508-1512, sería convocado por el Papa Farnese, Pablo III para pintar El
Juicio Final sobre la pared detrás del presbiterio en la que había un fresco de
Perugino que hubo que destruir y que le tomaría entre 1536 y 1541. Miguel Angel
nunca se sintió pintor, y, a pesar del hecho que la obra por la que más se le
recuerda, la Capilla Sixtina, es la que no quiso pintar, su talento lo hizo
brillar como arquitecto y poeta también. A pesar de las modificaciones que se
le hicieron a la Cúpula de San Pedro luego de su muerte, el diseño sigue siendo
casi en su totalidad el que Miguel Angel dejó para que fuera terminado como él
lo tenía previsto. Al trabajar la pintura y la escultura Miguel Angel sigue
siendo un escultor apasionado y donde esto se ve con más evidencia es en El
Juicio Final. Ya es un hombre joven y airado el que viene a juzgar a los
hombres. Siguen la Iglesia Triunfante, la Militante y la Purgante pero la visión de Miguel Angel
tiene una contemporaneidad que no tiene ningún otro Juicio Final y su infierno
es mucho más real y alejado de las llamas que caracterizan a los de otros
pintores como Hyeronimus Bosch, El Bosco (c.1450-1516), un holandés que inaugura la corriente visionaria
y que está tan preocupado por el mal que en sus infiernos la gente aparece
siempre castigada por haber cometido todos los pecados capitales. En su cuadro más famoso, que llega a España comprado por Felipe II, los instrumentos aparecen como los que torturan a los que han pecado.

http://totallyhistory.com/wp-content/uploads/2013/02/The-Last-Judgment-by-Michelangelo.jpg
El Infierno Musical. De El Jardín de las Delicias (c.1480-1505)
Para Miguel
Angel el hombre llega al Juicio Final desnudo y así lo pinta, a pesar de las críticas de los conservadores.
Solo que por respeto a su persona, después de su muerte, los personajes fueron vestidos por un
discíipulo suyo conocido como Daniele da Volterra (1509-1566), Il Braghettone. El infierno de Miguel
Angel es Dantesco. Se dice que Miguel conocía tan bien La Divina Comedia, que
la recitaba de memoria.
Las trompetas suenan y los hombres son arrastrados
hacia el infierno en el que Caronte conduce una barca que los lleva por la
laguna de la Estigia a ser juzgados por Minos. En el infierno de Miguel Angel
no hay salvación posible pero tampoco hay llamas en las que uno se abrasa, el
castigo es inevitable y Miguel Angel de una manera distinta deja claro que el
infierno no es el destino que uno busca. Inspirado en Dante, San Augustín y
Santo Tomás de Aquino, Miguel Angel da una visión de incertidumbre. Los
personajes aparecen ansiosos sin saber qué les espera.
Para mí, de todos los infiernos del Renacimiento
el de Miguel Angel es el que probablemente sea más cercano a la realidad. Nos
espera un mundo de incertidumbre y angustia, de duda y no sabemos qué nos
deparará el destino de acuerdo al papel que hayamos desempeñado en la vida.